La descontextualización de los bienes culturales es uno de los principales problemas al que nos enfrentamos en los museos, ya que la pérdida de su función y significados originarios, los convierte en objetos mudos, de difícil interpretación. Tal es el caso de la urna que centra nuestro interés y que representa a una congregación de monjas en el momento en el que realizan trabajos en comunidad, no existiendo sobre ella ninguna otra información que la meramente administrativa. La peculiaridad de la pieza llama nuestra atención y nos llena de interrogantes, ¿por qué se ha elegido una comunidad de monjas como tema central?, ¿quién la realizó?, ¿cuál era su uso?, ¿a quién va dirigido?, ¿qué mensaje encierra? A pesar de ello, si observamos la urna con detenimiento podemos obtener una valiosa información al ser portadora de muchos de los códigos ideológicos y de conducta de finales del siglo XIX y principios del XX, que determinan entre otras cosas el papel de la mujer en la sociedad y su repercusión en todos sus ámbitos, incluido el religioso. A partir de estas conclusiones podemos reflexionar sobre nuestro presente y hacia dónde nos dirigimos.

Foto 1.Vista general de la urna. Nº reg. E1004. Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla.

Vista general de la urna.Urna (Nº reg. E1004). Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla.

Los monasterios de monjas constituyen un ejemplo de una comunidad integrada exclusivamente por mujeres que comparten una serie de intereses comunes, en este caso de naturaleza religiosa. Son pequeños mundos organizados, que contemplan unas normas de comportamiento muy estrictas, basadas en la solidaridad, en la caridad y en la misericordia. Hasta el siglo XIX, las comunidades religiosas suponían en muchos casos una válvula de escape tanto para aquellas mujeres de clase elevada que querían evitar matrimonios de conveniencia y mantener su independencia, como para aquellas otras de baja condición, que querían huir de situaciones de explotación familiar o de extrema pobreza. A pesar de ello, el papel de la mujer en la Iglesia católica siempre ha sido secundario, no pudiendo oficiar la Eucaristía ni ocupar cargos significativos. Son comunidades femeninas que actúan con sometimiento a las normas de la Iglesia representadas por figuras masculinas, quedando ellas en un segundo término, con trabajos de apoyo y ayuda. Así por ejemplo, en la Orden de las Dominicas a la que pertenece la congregación representada en la urna, las monjas son parte esencial de la Orden de los Predicadores, actuando siempre de forma contemplativa a través de la oración, como ayuda eficaz para el ministerio de los frailes.

En esta Orden, la vida en común es uno de los cuatro pilares básicos establecidos por su santo fundador que, en los inicios, pedía a los suyos la promesa de obediencia y de una vida en común. El amor a Dios se manifiesta en la relación entre las hermanas, que comparten desde lo más insignificante hasta lo más valioso que cada una pueda aportar. A través de esta vida en común se purifica y se lima el carácter. Buen ejemplo de ello lo constituye la figura de Sor Bárbara de Santo Domingo, del convento Madre de Dios de Sevilla, conocida como ‘La hija de la Giralda’, apodo que toma al ser su padre el segundo campanero y nacer ella en la rampa de dicha torre en 1842. Su buen carácter y sus muchos talentos estuvieron siempre al servicio de la Comunidad, realizando los oficios más humildes con disponibilidad y entrega absolutas y ayudando a cuantas se lo pidieran.

La vida del monasterio se basa en el trabajo y la oración, haciendo suyo el lema benedictino Ora et Labora. Los monasterios de clausura cubren sus necesidades primarias sin necesidad prácticamente de contacto con el exterior, basándose en el reparto equitativo de tareas entre todas las hermanas de la congregación. Las largas y agotadoras jornadas son abordadas con amor a Dios, llevando a cabo los trabajos con gran dedicación y perfección, tal y como establece uno de los números de su Constitución que dice: “Brillen por la calidad y la perfección los trabajos de las monjas”. Es precisamente una de estas jornadas de trabajo en común la que se representa en la urna seleccionada, que muestra cómo un grupo de monjas de clausura, bajo la atenta mirada de la madre superiora, desarrollan sus quehaceres diarios en el claustro y en el jardín del monasterio.

Foto 2. Detalle de la figura de la madre superiora. Nº reg. E1004. Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla.

Detalle de la figura de la madre superiora. Urna (Nº reg. E1004). Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla.

Mientras unas se afanan en echar de comer a las gallinas, barrer, sacar agua del pozo, regar las plantas y coger flores, otras, hacen labor de calceta, llevan la administración o se dedican a la oración.

Foto 3 y 4 UNIDAS y RECORTADAS en paint

Detalle de los distintos quehaceres de las monjas. Urna (Nº reg. E1004). Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla.

En primer término de la escena y como símbolo de que el amor a Dios rige todos sus trabajos, puede verse la figura del Niño Jesús derramando el zumo de un racimo de uvas sobre el Cáliz, símbolo de la sangre de Cristo.

Foto 5. Detalle del Niño Jesús presidiendo los trabajos de las monjas. Nº reg. E1004

Detalle del Niño Jesús presidiendo los trabajos de las monjas. Urna (Nº reg. E1004). Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla.

La urna, concebida como una especie de diorama realizado a base de figuras recortables tridimensionales, se caracteriza por la enorme ingenuidad de conceptos y por la sencillez de materiales empleados, la mayoría de ellos procedentes del entorno más inmediato. Foto 6. Detalle de los materiales.

Foto 6. Detalle de los materiales. Nº reg. E1004. Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla. REDUCIDA

Urna (Nº reg. E1004) Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla.

La propia urna podría constituir en sí misma un trabajo conventual más, concebido y fabricado por las monjas, en la línea de la producción de fanales, pequeñas capillas y belenes que, más cercanos a la religiosidad popular que a la oficial, llevaban a cabo con fines devocionales. Pero independientemente de su autoría, ya fuera fruto de una actividad conventual o ajena a ella, lo que parece probable es su vinculación con el mundo infantil y especialmente con el femenino, así podría indicarlo por ejemplo su similitud con algunas casas de muñecas, la utilización de recortables en su fabricación y la fácil comprensión de los conceptos plasmados.

Foto 7. Detalle de las figuras recortables. Nº reg. E1004. Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla. REDUCIDA

Detalle de las figuras recortables. Urna (Nº reg. E1004) Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla.

Se trataría pues de una especie de juego, de un entretenimiento a modo de pequeño fanal, que al contemplarlo se convertiría en un instrumento de transmisión de valores y roles de género y que prepararía a las niñas para su futuro como esposas, madres y transmisoras de la fe cristiana. Contribuiría además a despertar vocaciones, invitando a participar en esa vida conventual idílica que se muestra llena de recogimiento, paz y sosiego, a la que se llega a través de la oración, del servicio a los demás y del desarrollo de las tareas propias de su género. No hay que olvidar también que, además del matrimonio, el convento era una de las pocas salidas que la sociedad consideraba adecuadas para la mujer.

La laboriosidad, la habilidad, la servidumbre, el amor o la paciencia, presentes en todos los trabajos conventuales, son virtudes asociadas culturalmente a la condición femenina. En sociedades e instituciones fuertemente patriarcales, actividades como las tareas domésticas o el cuidado de los demás han sido realizadas hasta ahora exclusivamente por mujeres, ya sea en el ámbito del hogar o del convento. La categoría de género es una construcción social definida por cada cultura. Es algo vivo que evoluciona y se transforma, ya que forma parte de los elementos ideológicos de cada momento histórico. De hecho, los cambios que se han venido produciendo en la sociedad occidental en los últimos años han supuesto un avance significativo en la situación actual de las mujeres, a las que se les ha reconocido un mayor protagonismo y una mayor integración. La celebración del día de la mujer trabajadora debe ser una oportunidad para la reflexión y un buen momento para rendir un homenaje a todas ellas.

Elena Hernández de la Obra
Conservadora del Museo de Artes y Costumbres Populares de Sevilla

VER COMUNICADO OFICIAL